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Sexo en el trabajo

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Pasamos al día un promedio de ocho horas en el trabajo, rodeados de adultos como nosotros que también compiten, lucen sus mejores galas y tratan de gustar. Además, según datos recientes del Informe Kinsey, pensamos en sexo unas doscientas veces al día. ¿Cuántas nos pillan trabajando? Demasiadas. Y pasa lo que pasa.

No hay estadísticas unificadas sobre la actividad sexual en el trabajo de los españoles, pero dicen los expertos que avanzamos hacia la media europea. Según la psicóloga Nora Fernández, la incorporación de las mujeres al mercado laboral ha venido marcada por una imitación del modelo de éxito masculino, que incluye una sexualidad agresiva como muestra de poder. Cada vez tengo más pacientes que me cuentan problemas surgidos de una pasión o un romance en el trabajo. Y la tendencia va a más, porque hemos pasado al ataque: muchas trasladan la competencia entre compañeras a la caza y captura del chico más mono de la oficina. En esto del sexo en el trabajo, los y las impares somos piezas codiciadas, por la disponibilidad de nuestra situación. No, no es que estemos siempre dispuestos, sino que al no tener un lazo afectivo fijo, sabemos administrar mejor las situaciones en que, entre un informe y otro, salta la chispa. Otra cosa que es que no acabemos chamuscados como cualquier hijo de vecino.

¿Por qué?
Porque nos apetece, desde luego. Y porque en el trabajo sacamos a relucir nuestro mejor plumaje. Según el psicólogo especialista en sexología Sergio Pérez Serer, del Instituto Espill, pasamos mucho tiempo en el trabajo, y a menudo se comparten más inquietudes, problemas y satisfacciones con quienes tenemos más cerca en ese momento.
Según el estudio Actitudes y Conductas Afectivas de los Españoles, realizado por el Centro de Investigaciones Sociológicas -cis-, el 13 por ciento de la población activa conoció a su pareja en el lugar de trabajo o estudio, frente a un 9 por ciento que lo hizo en lugares de ocio. Se liga más en aulas y oficinas que en discotecas, y aunque el informe del cis no profundiza en materia de sexo, es revelador saber que el 8 por ciento de los encuestados escogió para definir relación amorosa, la opción que proponía una relación corta o esporádica entre dos personas que se sienten atraídas y tienen relaciones sexuales.
El mismo informe del cis apunta que en el 67 por ciento de los casos la atracción surgió poco a poco, al ir conociéndose, algo habitual en los centros de trabajo, donde pasas más horas al día que en casa, frente a un modesto 22 por ciento que experimentó el tan meneado flechazo.

Sexo sí, acoso NO
No hay que caer en confusiones: las pasiones en el trabajo nada tienen que ver con el acoso. Son dos actitudes opuestas -señala Nora Fernández-, tan diferentes que sólo puede confundirse quien quiera hacerlo. En la seducción hay señales que se intercambian, tanteos, complicidad que crece; mientras que en el acoso todo es unilateral: el acosador decide tener sexo -en la inmensa mayoría de los casos son hombres- con la mujer sin siquiera preguntarse si ella también quiere. Pero la terapeuta asegura que el miedo a ser mal interpretados no debe inmovilizar el deseo: sería ridículo renunciar a nuestra libertad sexual por miedo a malas interpretaciones. El acosador se equivoca siempre, el seductor sabe, da igual que todo quede en un juego de galantería o acabe en tormenta sobre la mesa de despacho.

¿Quienes?
Prácticamente en todos los trabajos, aunque oficinistas de todos los sectores desplazan a médicos y enfermeras o pilotos y azafatas en la leyenda del morbo laboral. Los grandes centros de trabajo, con muchos empleados, son más favorables a este tipo de relaciones, señala el sexólogo Pérez Serer.
Entre los oficios más peligrosos, el periodismo, las empresas de auditorías y de seguros, las agencias de publicidad y las multinacionales en general. En empresas que ocupan edificios enteros circulan de modo permanente las noticias sobre escarceos amorosos en el baño de la tercera planta o en el archivo. Una paciente me contó que había coqueteado con un compañero pero sin decidirse, hasta que se dijo que no sería la única de la empresa que se lo había montado en la azotea, y lo hizo, comenta Nora Fernández.

Revolcón VIP
El jefe. O, cada vez más, la jefa. Un tópico con algo de realidad. Estudios europeos y americanos sitúan en torno al 28 por ciento el porcentaje de relaciones entre trabajadores de diferente nivel en la empresa. En España los datos son más prudentes, y sólo un 17 por ciento reconoce haber llegado a la horizontalidad mediante un salto vertical. Y casi siempre con superiores inmediatos, jefes de sección o de departamento.
Pero la erótica del poder funciona, si va acompañada por el atractivo físico, la situación económica y una diferencia de edad. Estos tres factores suman el 71 por ciento de las características que llevan a iniciar una relación esporádica, según el cis. Con iguales o con jefes, el 30 por ciento de los romances de trabajo no pasa de relaciones puramente sexuales y el 65 por ciento no supera el año de duración. Pero un año da para mucho. A veces, para demasiado.

Regla de tres
Porque el asunto se complica cuando entran en juego terceras personas. En la encuesta del cis sólo el 57 por ciento consideró imposible estar enamorada de dos personas a la vez. ¿Qué ocurre con el porcentaje que falta? Es que una cosa es lo que pensamos, lo que sostenemos como valores sociales o morales inculcados, y otra lo que hacemos, indica Nora Fernández, ¿cómo se entiende si no que el 46 por ciento de los hombres se reconozca infiel, y en las mujeres sólo lo admita el 17 por ciento? Se mantiene un estatus social que culpabiliza la sexualidad de la mujer, el cambio es más lento de lo que parece, y todavía está bien visto que un hombre tenga relaciones sexuales con varias mujeres, pero cuando es al revés, más que admiración, se generan habladurías.
Y aunque hayamos avanzado bastante como sociedad, lo cierto es que la impar lleva todavía la carga de ser considerada disponible en potencia por los hombres de la oficina, mientras que el impar -siempre generalizando, que es gerundio- puede adoptar la pose de predador en ciernes, aunque cobre menos piezas que una escopeta de corcho.
Y la cosa se agrava si no hay equilibrio entre la situación de los contendientes. En el estudio del cis, el 55 por ciento se pronunció por la conveniencia de mantener una relación de pareja aunque la pasión se haya evaporado. Pero el deseo no se evapora, de modo que, lo que no encuentran en casa, lo buscan -o se topan con ello- en la calle y en el trabajo. La gente vive, trabaja, se muestra y por lo general, encuentra en el entorno laboral lo que ya no tiene en su relación, apunta Fernández. De ahí el riesgo de iniciar un affaire con un compañero o compañera de trabajo, creyendo que a los dos os mueve la pasión del momento, y encontrarse luego metido en un nuevo proyecto que no buscabas.
En el caso opuesto, en el que tú eres libre y la otra parte no, el subidón inicial puede dar paso a remordimientos crecientes, en especial si la cosa se prolonga en el tiempo. Vale que tú no engañas a nadie… pero colaboras en que alguien sea engañado. Y no digas que no lo piensas, porque mañana te puede tocar a ti. ¿O ya te ha tocado? En ese caso, con el tiempo compruebas que es un pobre desquite, porque no tiene el destinatario adecuado.

Repercusiones
A las empresas no les suele agradar que sus empleados confraternicen más allá de lo esencial. Asesorías y consultorías multinacionales prohiben a sus trabajadores mantener relaciones personales; y grandes financieras y entidades bancarias recomiendan a sus empleadas no intimar con sus jefes. Para prevenir reclamaciones sindicales, las cláusulas suelen figurar en los contratos de alta dirección de los ejecutivos, y en otros casos la medida pasa por separar físicamente a los emparejados con traslados a otra sección o sucursal. Rara vez se hace de forma explícita, porque si bien se puede prohibir y penalizar la práctica del sexo en el lugar de trabajo, el amor no se puede regular por convenio.

Dentro pero fuera
Lo más recomendable, si vas a tener un lío con alguien del trabajo, es tenerlo fuera del trabajo. Vale que la mesa del jefe tiene un coeficiente de morbo muy alto, pero mejor en una cama, sin posibilidad de que te pille la señora de la limpieza en el peor -mejor- momento; y sin excusas poco convincentes.
Un zafio refrán habla de ir con cuidado donde tienes la olla, pero es un poco machista -por la rima- y no representa una realidad en la que las mujeres han tomado las riendas de su propio placer. De eso se trata: de riendas. De controlar. Porque para pasar un rato con cualquiera, cualquiera vale. Y lo encuentras en cualquier parte, sin la obligación de verle cada día al llegar al trabajo. Si es algo especial, adelante, pero tratando de que no trascienda. No hay nada como los comentarios de pasillo y cuarto de baño para que al personal deje de importarle cómo haces tu trabajo y se centren en cómo haces el salto del tigre. Y desde un archivador, además de peligroso, es mucho menos sensual.

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